
Se cumplen 10 años de una de las cosechas más desafiantes en Argentina, la 2016. Fue una añada fresca, fría y lluviosa.
Desde la primavera 2015 se registraron fluctuaciones en el clima a causa del fenómeno “El Niño”, las precipitaciones multiplicaron por cuatro las estadísticas históricas. Las lluvias de primavera fueron beneficiosas para la floración sin gran necesidad de riego. No obstante, temperaturas 5ºC más bajas del promedio ralentizaron el ciclo completo y propiamente la madurez. El verano lluvioso, frío y nublado demandó un trabajó intenso en viñedo en busca del equilibrio y buen microclima de canopia, para asegurar la sanidad de vides y racimos. Sin embargo, en muchos casos la madurez fenólica se completó antes que la azucarina. Todo el ciclo de la vid, desde la brotación hasta el inicio de la cosecha, sufrió un atraso de hasta 25 días.
Desde nuestro lugar de espectadores, fue una vendimia que requirió expertise tanto como estrategia: ciencia e intuición. Uno de nuestros referentes, Zuccardi, se enfocó en separar cada microterroir dentro de las fincas para determinar las fechas de cosecha con exactitud. Los vinos de Gualtallary, Paraje Altamira y Chacayes demostraron con el tiempo que las zonas altas y con suelos pedregosos tienen ventaja natural en añadas frías y húmedas.
Según el reporte de PerSe, las heladas tardías en septiembre trajeron consigo una disminución de uva. El viento zonda del 17 de marzo elevó la temperatura y llevó los niveles de humedad al 20%, generando una ventana de cosecha oportuna que permitió finalizar antes de que regresaran las lluvias. La calidad de uva fue magnífica, los vinos se destacaron en frescura, austeridad, fineza, equilibrio y fluidez.
El reporte de Catena Zapata señala que la cosecha 2016 cuestiona todo lo que se conocía previamente sobre restricción hídrica y cambio climático. Coincide con Zuccardi en que la clave para la calidad en este año fue la parcelización.
La región patagónica destacó por la calidad de sus vinos, al igual que en el resto del país, las temperaturas fueron menores de lo habitual y también se produjeron algunos retrasos en la madurez. Hubo algo de mermas, pero en determinadas variedades. En consecuencia, se lograron vinos con muy buena acidez natural, gran riqueza aromática y buena concentración de color en tintos.
Como excepción, la zona norte del país se caracterizó por una temporada estival más caliente de lo esperado y con pocas precipitaciones, aunque con heladas tardías entre octubre y noviembre que provocaron mermas en variedades tempranas. Las altas temperaturas provocaron un adelanto de la madurez y se obtuvieron vinos de gran calidad, buena intensidad aromática y complejidad.
Al final de la cosecha la merma total se calcula entre 40% y 50%, principalmente en la región de Cuyo. Los proyectos y bodegas que se adaptaron a los desafíos climáticos obtuvieron vinos excepcionales que nos muestran que incluso en años difíciles se pueden lograr resultados inolvidables.